jueves, 17 de enero de 2008

violencia Y fuga

La fuga es la única explicación

para no haber advertido lo obvio.

Violencia y fuga son rasgos de nuestra identidad presente que están profundamente imbricados. Fugo, precisamente porque me resulta imposible hacerme cargo de la verdad y relatarla. Fugar es una de las formas de no hacerse responsable. Veamos, a título de ejemplo, algunos relatos ausentes cruzados por la violencia, que constituyeron la trama de los aspectos oscuros de nuestra identidad colectiva: la Argentina de la extensión de la frontera agropecuaria, la de Roca, la que fundó la Argentina agroexportadora y también rentística, la de los primeros lugares en el concierto de las naciones; esa Argentina tiene un relato oculto, de culpa, que no deja contarse: el exterminio indígena. La Argentina rica se fundó precisamente en la mutilación del otro, sin rasgo de civilización. Allí solo hubo muerte. La Argentina de nuestros heroicos abuelos inmigrantes; la Argentina del inmigrante analfabeto con hijos doctores, ella también tiene un relato oculto: el de la culpa de haber dejado padres, hermanos y familias enteras en Europa. El de la culpa de haberlos abandonado. Alguna forma de la muerte fundó el nacimiento de otra vida, pero indisolublemente unida la culpa de aquello que se abandonó. Ya en los últimos treinta años, los relatos ocultos se cuentan por décadas. La Argentina de los setenta, encuentra en la imposibilidad del relato, su característica más clara. ¿Cómo fue posible que un país muchas veces preso de la violencia política expresada en antinomias despertara un día en claro genocidio? Es casi imposible el relato acerca de cómo la violencia convirtió a la Argentina en un país que empezó a comerse generaciones. Estamos precisando de qué modo la violencia se convirtió en matriz para deglutirlas. Poco más de un cuarto de siglo. Mucho tiempo si se considera la expectativa de vida de un ser humano, pero muy poco desde la perspectiva histórica de un país. Con traumas, claudicaciones, heridas abiertas y sobre todo con un enorme sentimiento de injusticia, los argentinos nos enfrentamos cada 24 de marzo a nuevos aniversarios del último golpe militar. Si bien cada fecha no pasó inadvertida, debemos estar mucho más atentos con nuestra propia historia, (re)conocerla, advertirla, aprenderla, estar fuerte en este punto. Es que la dictadura partió a la nación en mil pedazos. Tal vez en tantos como aquellos que nunca más pudieron reencontrarse con sus familiares, con sus amigos, compañeros, vecinos, con sus conocidos o hasta con sus mismos enemigos. La estrategia de aniquilamiento de las bases sociales, políticas, económicas y culturales fue devastadora. Empobrecimiento, exilio, atraso, restricción y miedo, cuando no la tortura y la muerte, fueron algunas de las secuelas que aún padecemos. Quizá la relación entre violencia y fuga tiene su ejemplo más notable en la guerra de las Malvinas. Vemos allí otro relato oculto: el del trastrocamiento de una plaza contra la dictadura genocida en exultante apoyo al director Galtieri, quien, enviando a la muerte a una generación de jóvenes -en su mayoría pobres y del norte- hizo fugar del genocidio a la Nación. No nos hicimos ni nos hacemos cargo de los que quedaron en Malvinas, ni de los que volvieron lastimados y heridos para siempre, amputados en su historia para el resto de sus vidas, casi sin reconocimiento público. Molesta el ex combatiente, que es un héroe, porque nos muestra nuestra propia culpa. Pero ello es inadmisible, entonces, la táctica del olvido nuevamente. Porque aceptar el horror del pasado sería agachar la cabeza y declararnos vencidos. Afortunadamente, y de manera muy lenta, la sociedad va comprendiendo la atrocidad y los que en su momento se creyeron reyes se vieron absolutamente desnudos. Tras la heroica iniciativa del juicio a las juntas militares, responsables del genocidio, la democracia cedió a las presiones corporativas mediante leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Luego, el indulto decretado por Menem intentó asegurar la impunidad para los que tuvieron el “coraje” de secuestrar, robar y matar, pero no de enfrentar a la Justicia y hacerse responsable de sus actos. Pero gracias al trabajo de los que no ceden ni se olvidan, siempre hay algún resquicio por el que la ley intenta ser válida. Hoy, causas como las de la apropiación de menores, los juicios por la Verdad o la declaración de incontitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final cuestionan las salidas políticas que pretendieron ser borrón y cuenta nueva de temas cuya única resolución es judicial. Por una simple razón: porque existió un delito. Exigir justicia, reconstruir la memoria y apostar a no tropezar dos veces con la misma piedra han de ser las premisas que nos alivien de las visiones del infierno. Pero esto no se logra con actitudes pasivas sino todo lo contrario: con más participación y más compromiso. La búsqueda democrática de los mecanismos que nos aseguren reconciliarnos con el pasado pero sobre la base de la verdad es el único camino a seguir. Lo demás será desviarnos del objetivo y ceder a la peligrosa seducción de reincidencia. Democracia nuevamente y Alfonsín al poder. La sociedad y su necesidad de verdad avanzaron, dificultosamente pero con decisión, hacia esa forma de reparación que es la Justicia. Sin embargo, un discurso de “felices pascuas” de un día de Semana Santa marcó el comienzo de la impunidad como táctica y estrategia de poder. Una pretendida pacificación, basada no sólo en la imposibilidad de hacer justicia, sino fundamentalmente en la de encontrar toda la verdad, cerró los arcones de ésta y los refrendó con indultos. Obediencia Debida, Punto Final, indulto; se trata de la práctica concreta del poder para sellar con impunidad el pasado. Los noventa transitaron la construcción de una nueva ficción económica y social: la de la paridad peso-dólar. Una Argentina de nuevos ricos, de los primeros lugares en el mundo. Una Argentina que cavó lenta y pacientemente la fosa de los desaparecidos sociales, la que rompió el principal vínculo de carácter social: el del hombre y su trabajo. En esta década, caracterizada por el contrato del “déjame saquear, déjame robar, déjame entregarme y yo te garantizo el uno a uno”, mucho hay de culpa que amputa el relato. ¿Cómo explicarles a nuestros hijos que no nos dimos cuenta de la ficción, que a ellos y a sus hijos les dejamos un país inhabitable en dignidad? En esta década se privatizaron los servicios telefónicos, los canales de televisión, las carreteras, los ferrocarriles, las aguas corrientes, la distribución de gas natural y de electricidad, las dos plantas siderúrgicas, Y.P.F., el Mercado de Hacienda de Liniers, los aeropuertos, el Correo, las radios, la Caja Nacional del Ahorro y Seguro y el zoológico de Bs.As. Los beneficiarios de todo esto fueron los grupos económicos más poderosos del país, asociados con operadores internacionales. La fuga es la única explicación para no haber advertido lo obvio. Es el rasgo de identidad de una sociedad que no puede mirarse a sí misma y reconocerse en verdad y justicia. Hoy, otra generación está muriendo en las calles. Muere en las villas por falta de alimentación, por literal violencia física. Hoy esa generación ha abdicado de ser ética sustantiva del reconocimiento del otro. Desde tiempos lejanos se dice: “cuéntennos cosas interesantes de mundos maravillosos”. Eso parece estar dirigido a muchos de nosotros. No hablemos de la verdad, fuguemos: "yo no deseo resolver el tema de la verdad, llévenme a Miami, a un shopping". Sin embargo, la ficción se derrumbó. Ella no podía viajar a Miami porque había perdido el empleo. Quien pagaba la ficción era su hijo, que atendía un bar en Miami, en un shopping, ilegal e impedido de volver a una Argentina sin trabajo, sin pan y sin dignidad. La muralla que se quiebra como un cántaro de greda.
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FUENTE: trabajo monográfico: "pensar la nación" ((gisela marsala - 2004))

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